MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

ERA TAN BONDADOSA


Homenaje al carretillero

Sí, en aquellos tiempos, eran pocos los indigentes que pasaban de casa en casa, pidiendo limosna. Sin que con ello, quiera decir, que no existieran. Claro que los había. Pero podían contarse en los dedos de la mano. Eran conocidos por los habitantes con sus nombres y los alias; cada uno tenía diseñado el día en que comenzaba el peregrinaje con el costal al hombro, tocando la sensibilidad de los corazones. Tenían mucho de cultura, pues, daban los tres golpes en la puerta y jamás, antes de las nueve de la mañana, en que pensaban que todos estuvieran levantados, no era la intención de importunar. Una limosnita por el amor a Dios, brotaba de los labios entre un rostro famélico y unos ojos llorosos penetrantes de ansiedad que conmovían al más áspero corazón. La clemencia no se hacía esperar y cada uno iba dando de lo que tenía y no de lo que sobrara; el acto se convertía en un movimiento callado de la sensibilidad humana y calmante espiritual.
Sonaba el portón que se encontraba entreabierto y Nina el ama de casa, que conocía el débil tocado de unos artejos arrugados por el paso de los años, mostrando su mejor sonrisa, saludaba a ‘Milianita’ que sacando fuerzas de donde ya no existían, cargaba el talego algo más grande que ella. Conversaban igual que dos viejas amigas, le brindaba un humeante chocolate con algo de comer y mientras lo degustaba, le llenaba el costal con pequeñas porciones de un mercado, no sin antes agregarle que orara en sus plegarias por toda la familia para que nunca a ellos les faltara nada y que sus hijos siempre encontraran una mano caritativa en el trasegar de la vida.


Imaginación de un padre

Siempre fue así. Jamás de aquella puerta, se fue un despojado de la fortuna, sin una sonrisa o con la bolsa vacía. Ella, nació para compartir. Grande era el corazón que habitaba dentro de su ser. Sin manifestarlo, reprochaba la desigualdad de las clases sociales, quisiera ver un mundo igualitario y que en la mesa de todos se hallara el alimento ingerido de felicidad y no un mantel que sirviera de pañuelo para enjugar las lágrimas que hacen derramar el odio y el hambre. 


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Y CON TODO, TE QUIERO


Desafiando la altura

He estado siempre a tú lado. Recuerdo cuando me viste; estaba semidormido entre el calor de mi madre, algo tocó el corazón y las palabras que dijiste: me lo llevo. Me dolió mucho salir del lado de la que me dio el ser, pero pronto me enamoré de ti; vi que te entregabas a quererme sin restricciones. El rostro es el espejo del alma. En tu cama cuando estaba pequeño, nos divertíamos jugando con las almohadas. Recuerdo cuando la madre nos regañaba, porque volvíamos una porquería aquel escondite de travesuras, descanso y dormilonas. No hacías caso. Gozabas igual que yo. Sabías que éramos dos seres creados por un mismo Ser Omnipotente, con la diferencia de que mi amor es perpetuo, que no distingo entre las buenas y las malas, sí estoy en un palacio o, el más humilde hogar construido con sobras de los que otros botan; no me importa sí la comida es enlatada con etiqueta rimbombante o lo que sobre de la boca de quien me brinda albergue. No conozco el odio, aunque se me halla golpeado por un momento de desesperación, sí me llaman iré meneando la cola, muestra inequívoca de que no guardo rencor y estoy feliz de que se recapacitó de la equivocación. Nadie está libre de errores. ¿Sabes? Me entristece ver cómo arrojan a la calle a los perros que están viejos, después que entregaron su vida a cuidarlos.
La ingratitud es imperdonable.


El cansancio

Esa manifestación del hombre no la comprendo. En nosotros existen diferentes razas y en ninguna le damos cabida, porque sabemos el dolor tan inhumano que depara a quien la sufre. No nos gusta la crueldad, por eso amamos a los niños; los vemos como ángeles enfrentados al salvajismo de un mundo agreste y solitario, en que sólo importa el yo, es cuando nuestra nobleza se acrecienta, para llenarle los espacios vacíos de una casa en soledad, los rodeamos de ternura con retozos y ladridos; nuestra mejor recompensa, es borrar del rostro la tristeza y verlos sonreír.


miércoles, 5 de noviembre de 2014

ANTE LA VENTANA


Amor por la naturaleza

Transcurría el año 1958 disfrutando de una juventud relajada, sosegada y tranquila. Todo lo tenía sin excesos, con lo que bastaba para ser feliz. Gustaba del buen vestir, con ropas cómodas y deportivas, que no eran bien vistas por el vulgo retrógrado de la comarca, pues se salía de las costumbres ancestrales. Él había crecido en un hogar, donde le habían enseñado a tener personalidad; por eso, poco o nada le importaban los cuchicheos de la gente, aunque no dejaba de ser molesto, sobre todo aquel murmullo, en que se ponía en duda la hombría. De ello, queda una anécdota. Alguna señora atrevida, se lo enrostró y con suma delicadeza le respondió: en su buen gusto queda comprobarlo mi sexapilosa señora. La dama se desconcertó, tomando la actitud de perro regañado.
Era la costumbre en aquellas épocas, que el galán visitara en la casa, a la amada Dulcinea, ya fuera en taburetes en los amplios zaguanes bajo la mirada expectante de suegros o de un travieso cuñadito o parado ante la inmensa ventana largo tiempo, en que el cansancio hacía temblar las rodillas; pero, se ha dicho, que el amor puede con todo. Pasaban las semanas en las mismas posturas y cuando los padres notaban las buenas intenciones del enamorado, les permitían a la pareja una salida hasta el kiosco, único lugar en que las damas podían entrar a tomarse un refresco (lo demás eran cantinas); ya allí, el acaramelado pretendiente, pedía para ella una Coca-Cola, un aguardiente para él y unas monedas para echarle al piano. No sé hacía esperar un disco de Juan Arvizu en un bolero sentimental lleno de poesía, enrojecía la cara de la dama y un suspiro entrecortado se dejaba escuchar, manifestación inequívoca de que estaba enamorada hasta más no poder.


Cargando el peso de los años

Hacia el costado sur del parque, a cuadra y media se abrió una heladería. Allí se encontraban cada domingo un grupo de amigos a departir y entre libaciones, notaba él, que siempre en la casa del frente, se sentaba a la ventana una damita, que con disimulo, observaba el grupo; impulsado tal vez, por el licor, se le acercó, tomando la misma actitud de los enamorados. Sentía el mismo cansancio. La escena se repitió hasta que un día no volvió. Sentía que hacía mal, que no debía crear en el corazón de aquella criatura un sentimiento de amor, para después dejarla tirada a la deriva, cuando lo que pretendía era experimentar lo que sentían los galanes en aquellos devaneos a que los impulsaba el dios Cupido. El ensayo jamás se repitió, dándose cuenta que el amor puede con todo. 


miércoles, 29 de octubre de 2014

CACAQUÍA


Copacabana en el año 1960 foto Mario Correa

Cuando se estaba pequeño, se tenía la rara admiración por personas mayores, que derrochaban la imagen de valientes. Eran varios en el poblado, que cada domingo, pasados de copas, se hacían sentir por camorreros. Las cantinas hervían de parroquianos de los más disímiles estratos de la sociedad copacabanita. Se mezclaban en el interior del bar, los olores de pachulí, alguna loción refinada, con la de zamarros y cebolla, de campesinos que se habían descolgado de la montaña a vender sus productos el domingo, día de mercado. En el traga níquel, giraban los discos de 78 revoluciones por minuto al más alto decibel. En un abrir y cerrar de ojos, caían en gran estruendo, taburetes y mesas; muchos de esos enseres, parecieran ser cohetes, pues volaban por encima de los feligreses, haciendo estragos en los espejos que adornaban el lugar.
De las pretinas salían a relucir cuchillos y puñaletas. Se desnudaban de las vainas peinillas y machetes. Confusión, ‘hijueputazos’, pitos de la policía se confundían con el herido sangrante. En muchos de esos tropeles estaba la figura de Arturo Macías (cacaquía o mal hombre), que emprendía veloz carrera, para librarse de ser llevado a la guandoca. Arturo se perdía del pueblo por varios días, se internaba por su trabajo en sitios inhóspitos abriendo carreteras.


Copacabana visto de otra forma foto EL COLOMBIANO

Él, era un reputado experto conductor de máquinas niveladoras, por ello, jamás se encontraba desempleado. Buen amigo del amigo y pésimo enemigo. Nunca lo abandonó el sombrero que lo llevaba con arrogancia; hablaba con picardía de sus travesuras, que eran más, que la devoción por el clero. Era guapo de verdad, pero no hacía alarde. Pasaron muchos años y ya canos mis cabellos, regresé al pueblo de mis recuerdos. En un tabueretíco de cuero, recostado a la vieja puerta de una tenducha, dormido y roncando se hallaba cacaquía, meditando tal vez con su pasado cruento y azaroso, del que salió con vida. Lo miré con respeto y lo dejé seguir soñando.       
      

miércoles, 22 de octubre de 2014

AL PASO DE LA CORRIENTE


Bobo de la plaza de Florez

Había nadado en el charco y sintió cansancio. Por entre enormes piedras pasaba el arroyo de la quebrada que tenía su nacimiento, en la cúspide de la empinada cordillera que salvaguardaba al apacible poblado. En una de esos peñascos descargó el peso del cuerpo. No tenía la edad para discernir sobre los avatares y vicisitudes que el porvenir tendría escondido a su reposada generación. Desde la pequeña atalaya pétrea, veía pasar la corriente de aguas cristalinas, que jugueteaban con las marañas aferradas a las orillas y seguía con la mirada las hojas secas caídas, en la forma en que eran arrastradas, sin que tuvieran capacidad de lucha, para cambiar de derrotero. ¿Será qué así, la humanidad estará al garete, sin dirección o propósito?
De pronto, aquellas hojuelas inertes eran absorbidas por el remolino, en el hueco de unas fauces devorativas que se las tragaba con ansias, sin ser más percibidas por el cristal de sus ojos absortos, entregados a la contemplación del destino en el acontecer de la sabia naturaleza. Todo nacía, crecía y moría. ¿Cuál podría ser el rumbo de su primaria existencia, en el remolino infausto del trasegar, cuando se cambiara el entorno? Mirando a la distancia las vueltas que la corriente hacía en su recorrido, pretendía ir más allá, tratando de descifrar el porvenir, pero se topetaba con un muro infranqueable que le negaba el paso a los pensamientos. Repetía la acción. La respuesta era la misma. Oscuridad. El cielo se estaba tornando oscuro al igual que sus reflexiones, que le daban a entender que la actitud era absurda; visualizar el futuro era imposible para él, que aún jugaba con carritos de madera.

Historia que se va.

El chaparrón no se hizo esperar. Se refugió entre los árboles; al frente el caudal subía y se goleaban los pedruscos ¿Podía ser así el mañana? ¿La vanidad crecería abatiendo a su paso los sentimientos de nobleza en su engreimiento y soberbia? ¿Los juegos sencillos de los niños desaparecerían? ¿La naturalidad de las mujeres con olor a jazmín, sería cosa del pasado? Muchas preguntas, que se iban quedando sin respuesta. Temía que el canje fuera absoluto y que cuando llegara ese trance, estaría viejo incomprendido y obsoleto. Las gotas de lluvia, se confundieron con lágrimas. El arroyo encrespado cruzó impávido ante la presencia del niño, siguiendo el curso hasta el caudaloso río que lo esperaba para absorberlo.     

miércoles, 15 de octubre de 2014

TERTULIAS


Amor al apellido

Después de las 6 de la tarde, en cualquiera de las bancas del parque de la senil Copacabana, eran el sitio de encuentro del grupo de amigos, para departir las comidillas del día, de las cosas más triviales. Se llenaba el ocaso de cuentos, chascarrillos, anécdotas, comentarios de partidos de fútbol y chanzas pesadas contra alguno de los concurrentes, que muchas ocasiones, perturbaba el ambiente, pero, por fortuna, duraba poco y el coloquio regresaba a la normalidad. Aquellas enrevistas se volvieron indispensables, para de alguna manera contrarrestar la pasividad del poblado, que siempre permanecía adormilado encasquetado sobre las costumbres.
Ya la época, había hecho más de la mitad del recorrido. En 1958 en Estados Unidos, se creó la NASA, con el fin de pensar en la conveniencia de encontrar dentro del espacio, un lugar habitable. Fue entonces, cuando después de varios viajes no tripulados, el cohete Apolo Xl, conducido por Neil Armstrong, dejó posar sus botas, sobre lo que antes era inspiración de los poetas. La luna fue violentada en toda su belleza, por el hombre. Aquel inverosímil espectáculo de la ciencia, llegaba como anillo al dedo, para los contertulios pueblerinos, que incrédulos disertaban aceptando o refutando la veracidad del hecho. Ya no se comentaba la trivialidad del movimiento del entorno. No. Era la galaxia, la estratósfera. El infinito. Las conjeturas saltaban por encanto del grupo heterogéneo; unos se dejaban arrastrar igual que hojas en la borrasca, por apasionamientos sin sentido, otros, recitaban lo ya expresado en cuartillas de periódicos y algunos más, dejaban volar la imaginación, que lo hacía ver un futuro confuso.

Casa de mi padre en Copacabana 1952

Una tarde llena de arreboles, que enrojecían las tapias de cementerio y los rostros del grupo, el soñador de aventuras espaciales, fue creando una imagen de lo que llegaría a ser en el futuro del sueño de las potencias. Decía: “sé llenará el espacio de naves espaciales, que tendrán puntos de acondicionamiento para ir avanzando hasta encontrar el lugar en que el hombre pueda vivir con agua y oxígeno. No importa, la ciencia. Es el poder. La nación que logre la hazaña, irá creando su imperio fuera de la tierra y ya constituido, hará la guerra con el poder avasallador de un amo cruento.” Todos quedaron callados. Hoy todavía, los cohetes surcan el espacio llevando escondido el verdadero propósito.
 


miércoles, 8 de octubre de 2014

LA VÍSPERA


Banda del Instituto San Luis Copacabana

El mes de agosto era esperado con ansiedad por la chiquillería y, hasta por los mayores, por aquello de los vientos, de igual manera, por la celebración de las fiestas patronales. El Sitios de la Tasajera (nombre antiguo que llevó Copacabana), la culpable de que éstos recuerdos subsistan. Las corrientes fuertes del aire, se prestaban para que las cometas, se treparan como bellos ángeles de papel, sobre el azul celeste del cielo, seguidas desde abajo, por las miradas sonrientes de triunfo del niño, que en sus manos asía con fortaleza el cordel, ligazón entre él y el espacio, invitándolo a volar sin alas empleando el artificio de la imaginación.
El 13 de agosto, día anterior de la adoración del pueblo a su bella patrona, la Virgen de la Asunción; el templo era removido por chucho (Jesús Arango), buscando la forma de embellecer la angelical matrona celestial: flores que habían sido cultivadas con amor en la agreste montaña, por manos callosas de campesinos devotos, se amontonaban perseguidas aún por las abejas. Las hijas de María, entraban y salían con la pulcritud de almas limpias en apoyo de la parafernalia del instante; las damas distinguidas, le daban vida al anda que llevaría a pasear a la patrona, por las estrechas calles, en que una multitud fervorosa le cantaría, al ritmo de las camándulas, amortiguadas por las cachirulas, mantones y pañuelos. En el templo, chucho, dejaba caer desde lo alto, largos ropones con ese azul incólume del manto virginal, que engalanaría el santuario, en que permanecía todo un año para ser venerada. El recogimiento, brotaba por los poros y la sangre hervía en religiosidad en un pueblo de mansedumbre histórica.


Parque principal de Copacabana 1954

El atardecer diáfano y refrescado por la brisa, se iba aglutinando de parroquianos bajados de las veredas, las cantinas eran un hervidero, los niños correteaban por entre las bancas; la banda de músicos iniciaban la retreta con aires autóctonos, mientras los polvoreros se aprestaban a dar rienda suelta a la pirotécnica. Las jovencitas quinceañeras salían a mostrar que se habían subido los tacones y sus piernas estaban acariciadas por las medias veladas; síntoma, de que podían ‘arrimar’ novio a la casa. Cohetes multicolores y estruendosos surcaban los aires iluminando los rostros de manera fugaz, hasta que hacía aparición “la vaca loca”: recámaras, voladores y tacos, salían sin control; por el piso, quedaban tirados: pañolones de viejecillas rezanderas, sombreros y hasta ruanas. Los zapatos nuevos de las jovencitas, de diferentes tamaños, eran una serie de artículos inservibles y de la prenda delicada que cubría las piernas torneadas, eran jirones recubiertos de lágrimas.