MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 29 de octubre de 2014

CACAQUÍA


Copacabana en el año 1960 foto Mario Correa

Cuando se estaba pequeño, se tenía la rara admiración por personas mayores, que derrochaban la imagen de valientes. Eran varios en el poblado, que cada domingo, pasados de copas, se hacían sentir por camorreros. Las cantinas hervían de parroquianos de los más disímiles estratos de la sociedad copacabanita. Se mezclaban en el interior del bar, los olores de pachulí, alguna loción refinada, con la de zamarros y cebolla, de campesinos que se habían descolgado de la montaña a vender sus productos el domingo, día de mercado. En el traga níquel, giraban los discos de 78 revoluciones por minuto al más alto decibel. En un abrir y cerrar de ojos, caían en gran estruendo, taburetes y mesas; muchos de esos enseres, parecieran ser cohetes, pues volaban por encima de los feligreses, haciendo estragos en los espejos que adornaban el lugar.
De las pretinas salían a relucir cuchillos y puñaletas. Se desnudaban de las vainas peinillas y machetes. Confusión, ‘hijueputazos’, pitos de la policía se confundían con el herido sangrante. En muchos de esos tropeles estaba la figura de Arturo Macías (cacaquía o mal hombre), que emprendía veloz carrera, para librarse de ser llevado a la guandoca. Arturo se perdía del pueblo por varios días, se internaba por su trabajo en sitios inhóspitos abriendo carreteras.


Copacabana visto de otra forma foto EL COLOMBIANO

Él, era un reputado experto conductor de máquinas niveladoras, por ello, jamás se encontraba desempleado. Buen amigo del amigo y pésimo enemigo. Nunca lo abandonó el sombrero que lo llevaba con arrogancia; hablaba con picardía de sus travesuras, que eran más, que la devoción por el clero. Era guapo de verdad, pero no hacía alarde. Pasaron muchos años y ya canos mis cabellos, regresé al pueblo de mis recuerdos. En un tabueretíco de cuero, recostado a la vieja puerta de una tenducha, dormido y roncando se hallaba cacaquía, meditando tal vez con su pasado cruento y azaroso, del que salió con vida. Lo miré con respeto y lo dejé seguir soñando.       
      

miércoles, 22 de octubre de 2014

AL PASO DE LA CORRIENTE


Bobo de la plaza de Florez

Había nadado en el charco y sintió cansancio. Por entre enormes piedras pasaba el arroyo de la quebrada que tenía su nacimiento, en la cúspide de la empinada cordillera que salvaguardaba al apacible poblado. En una de esos peñascos descargó el peso del cuerpo. No tenía la edad para discernir sobre los avatares y vicisitudes que el porvenir tendría escondido a su reposada generación. Desde la pequeña atalaya pétrea, veía pasar la corriente de aguas cristalinas, que jugueteaban con las marañas aferradas a las orillas y seguía con la mirada las hojas secas caídas, en la forma en que eran arrastradas, sin que tuvieran capacidad de lucha, para cambiar de derrotero. ¿Será qué así, la humanidad estará al garete, sin dirección o propósito?
De pronto, aquellas hojuelas inertes eran absorbidas por el remolino, en el hueco de unas fauces devorativas que se las tragaba con ansias, sin ser más percibidas por el cristal de sus ojos absortos, entregados a la contemplación del destino en el acontecer de la sabia naturaleza. Todo nacía, crecía y moría. ¿Cuál podría ser el rumbo de su primaria existencia, en el remolino infausto del trasegar, cuando se cambiara el entorno? Mirando a la distancia las vueltas que la corriente hacía en su recorrido, pretendía ir más allá, tratando de descifrar el porvenir, pero se topetaba con un muro infranqueable que le negaba el paso a los pensamientos. Repetía la acción. La respuesta era la misma. Oscuridad. El cielo se estaba tornando oscuro al igual que sus reflexiones, que le daban a entender que la actitud era absurda; visualizar el futuro era imposible para él, que aún jugaba con carritos de madera.

Historia que se va.

El chaparrón no se hizo esperar. Se refugió entre los árboles; al frente el caudal subía y se goleaban los pedruscos ¿Podía ser así el mañana? ¿La vanidad crecería abatiendo a su paso los sentimientos de nobleza en su engreimiento y soberbia? ¿Los juegos sencillos de los niños desaparecerían? ¿La naturalidad de las mujeres con olor a jazmín, sería cosa del pasado? Muchas preguntas, que se iban quedando sin respuesta. Temía que el canje fuera absoluto y que cuando llegara ese trance, estaría viejo incomprendido y obsoleto. Las gotas de lluvia, se confundieron con lágrimas. El arroyo encrespado cruzó impávido ante la presencia del niño, siguiendo el curso hasta el caudaloso río que lo esperaba para absorberlo.     

miércoles, 15 de octubre de 2014

TERTULIAS


Amor al apellido

Después de las 6 de la tarde, en cualquiera de las bancas del parque de la senil Copacabana, eran el sitio de encuentro del grupo de amigos, para departir las comidillas del día, de las cosas más triviales. Se llenaba el ocaso de cuentos, chascarrillos, anécdotas, comentarios de partidos de fútbol y chanzas pesadas contra alguno de los concurrentes, que muchas ocasiones, perturbaba el ambiente, pero, por fortuna, duraba poco y el coloquio regresaba a la normalidad. Aquellas enrevistas se volvieron indispensables, para de alguna manera contrarrestar la pasividad del poblado, que siempre permanecía adormilado encasquetado sobre las costumbres.
Ya la época, había hecho más de la mitad del recorrido. En 1958 en Estados Unidos, se creó la NASA, con el fin de pensar en la conveniencia de encontrar dentro del espacio, un lugar habitable. Fue entonces, cuando después de varios viajes no tripulados, el cohete Apolo Xl, conducido por Neil Armstrong, dejó posar sus botas, sobre lo que antes era inspiración de los poetas. La luna fue violentada en toda su belleza, por el hombre. Aquel inverosímil espectáculo de la ciencia, llegaba como anillo al dedo, para los contertulios pueblerinos, que incrédulos disertaban aceptando o refutando la veracidad del hecho. Ya no se comentaba la trivialidad del movimiento del entorno. No. Era la galaxia, la estratósfera. El infinito. Las conjeturas saltaban por encanto del grupo heterogéneo; unos se dejaban arrastrar igual que hojas en la borrasca, por apasionamientos sin sentido, otros, recitaban lo ya expresado en cuartillas de periódicos y algunos más, dejaban volar la imaginación, que lo hacía ver un futuro confuso.

Casa de mi padre en Copacabana 1952

Una tarde llena de arreboles, que enrojecían las tapias de cementerio y los rostros del grupo, el soñador de aventuras espaciales, fue creando una imagen de lo que llegaría a ser en el futuro del sueño de las potencias. Decía: “sé llenará el espacio de naves espaciales, que tendrán puntos de acondicionamiento para ir avanzando hasta encontrar el lugar en que el hombre pueda vivir con agua y oxígeno. No importa, la ciencia. Es el poder. La nación que logre la hazaña, irá creando su imperio fuera de la tierra y ya constituido, hará la guerra con el poder avasallador de un amo cruento.” Todos quedaron callados. Hoy todavía, los cohetes surcan el espacio llevando escondido el verdadero propósito.
 


miércoles, 8 de octubre de 2014

LA VÍSPERA


Banda del Instituto San Luis Copacabana

El mes de agosto era esperado con ansiedad por la chiquillería y, hasta por los mayores, por aquello de los vientos, de igual manera, por la celebración de las fiestas patronales. El Sitios de la Tasajera (nombre antiguo que llevó Copacabana), la culpable de que éstos recuerdos subsistan. Las corrientes fuertes del aire, se prestaban para que las cometas, se treparan como bellos ángeles de papel, sobre el azul celeste del cielo, seguidas desde abajo, por las miradas sonrientes de triunfo del niño, que en sus manos asía con fortaleza el cordel, ligazón entre él y el espacio, invitándolo a volar sin alas empleando el artificio de la imaginación.
El 13 de agosto, día anterior de la adoración del pueblo a su bella patrona, la Virgen de la Asunción; el templo era removido por chucho (Jesús Arango), buscando la forma de embellecer la angelical matrona celestial: flores que habían sido cultivadas con amor en la agreste montaña, por manos callosas de campesinos devotos, se amontonaban perseguidas aún por las abejas. Las hijas de María, entraban y salían con la pulcritud de almas limpias en apoyo de la parafernalia del instante; las damas distinguidas, le daban vida al anda que llevaría a pasear a la patrona, por las estrechas calles, en que una multitud fervorosa le cantaría, al ritmo de las camándulas, amortiguadas por las cachirulas, mantones y pañuelos. En el templo, chucho, dejaba caer desde lo alto, largos ropones con ese azul incólume del manto virginal, que engalanaría el santuario, en que permanecía todo un año para ser venerada. El recogimiento, brotaba por los poros y la sangre hervía en religiosidad en un pueblo de mansedumbre histórica.


Parque principal de Copacabana 1954

El atardecer diáfano y refrescado por la brisa, se iba aglutinando de parroquianos bajados de las veredas, las cantinas eran un hervidero, los niños correteaban por entre las bancas; la banda de músicos iniciaban la retreta con aires autóctonos, mientras los polvoreros se aprestaban a dar rienda suelta a la pirotécnica. Las jovencitas quinceañeras salían a mostrar que se habían subido los tacones y sus piernas estaban acariciadas por las medias veladas; síntoma, de que podían ‘arrimar’ novio a la casa. Cohetes multicolores y estruendosos surcaban los aires iluminando los rostros de manera fugaz, hasta que hacía aparición “la vaca loca”: recámaras, voladores y tacos, salían sin control; por el piso, quedaban tirados: pañolones de viejecillas rezanderas, sombreros y hasta ruanas. Los zapatos nuevos de las jovencitas, de diferentes tamaños, eran una serie de artículos inservibles y de la prenda delicada que cubría las piernas torneadas, eran jirones recubiertos de lágrimas.



miércoles, 1 de octubre de 2014

LOS PELUQUEROS


Pasaje comercial de Copacabana

Es a principios del siglo XVII que comienza a mencionarse en los documentos a los peluqueros, aunque podemos considerar el tensor romano, barberos y fabricantes de pelucas en la Edad Media en Occidente, como verdaderos peluqueros en el sentido de peinadores. O sea pues, que el honorable empleo, es bastante antiguo. Alguna ocasión leía, que cuando se llega a un lugar por primera vez, es bueno para conocer el sitio de original mano, ir a la peluquería pues ya muellemente acomodado en la silla, el fígaro se comporta como hiciera mucho tiempo te conociera; a cada tijeretazo te va narrando la historia de la comarca y en menos que se persigna un cura ñato, estás enterado en que territorio te encuentras. Son unos verdaderos guías turísticos sin el mayor costo.
En la otrora apacible Copacabana, hoy, con ínfulas de metrópolis y con el vicio de derruir el pasado, en la calle principal (calle del Comercio), estaban empotradas las peluquerías del pueblo, pequeños cuartos con la parafernalia requerida para el oficio de desmontar copiosas cabelleras o a hacer milagros con los cuatro pelos de un engreído calvo. Al entrar, se sentía el olor a talco de bebé, alcohol antiséptico y a piedra lumbre, que se restregaba por donde la barbera había pasado con su filo de bisturí, dejando algunas muescas con hilillos de sangre, para evitar males posteriores o la infame tiña. Don Jesús González, dejó la ciudad de Medellín y se instaló en el Sitio, trayendo nuevos cortes de cabello, aparatos más modernos, lo que llamó la atención de los citadinos.   


Almacén antiguo de Copacabana

Un hombre serio, de hablar pausado y de largas historias. Víctor Gallo, alto de complexión gruesa, en que no podía faltar un inmenso tabaco en la boca, a medida que iba haciendo la gestión y narrando los hechos acaecidos de la noche anterior, dejaba caer partículas de ceniza sobre el pulquérrimo lienzo que envolvía el cuerpo del cliente. No perdía lunes, para sus libaciones etílicas acompañadas con damiselas en lo que se llamaba Las Camelias. Eleuterio Rivera, personaje más bien salido de un cuento de terror. Tez trigueña, cabello ensortijado completamente blanco; arrugas profundas en el rostro y sobre todo aquel raro contraste de las antiparras. En uno de los ojos, el lente, estaba completamente empañado, para evitar que el vulgo detectara que allí, no existía sino la cuenca y en el otro, estaba despejado de vidrio, quizás por ello, era poca su clientela. El más bello personaje de los barberos, lo era, don David Carvajal. Viejo alegre inundado de historias. Hizo del oficio, la manera de que los enfermos y lisiados, encontraran el modo de mantenerse bien rasurados. Cogía su bicicleta y en la parrilla, cargaba los instrumentos y casa por casa prestaba el negocio. El primer peluquero de servicio a domicilio; mucho de caridad y de visión. ¡Oh tiempos!       




miércoles, 24 de septiembre de 2014

A MALA HORA


Araña

Se ha resaltado a través del tiempo en éstos escritos, la paz conventual que se respiraba entre los pocos habitantes, del idílico lugar encasquetado en la agreste montaña, circundado por un río y atalayado por la elevada torre de la iglesia; eso era Copacabana la tricentenaria población, que el conquistador español Jorge Robledo fundó, para dejar allí, un sembrado de honestidad en sus gentes. El trabajo limpio de hombres laboriosos, mujeres igual que manojos de flores silvestres, recatadas, pulcras, esposas fieles y madres apasionadas en la crianza de sus hijos; orgullosas en su preñez. El templo, era el lugar de encuentro matizado de oraciones exhaladas entre ruanas, cachirulas, mantones y genuflexiones. Las dos escuelas para diferencia de géneros, eran los castillos que albergaban a los niños, para continuar la preliminar educación hogareña, por unos maestros íntegros, que depositaban su saber con torrentes de amor. Las clases se iniciaban con una plegaria. En aquel pedacito de cielo, se respiraba paz. Todos se saludaban, era la constante; pareciera, por la similitud de los apellidos, que fueran familiares: Cadavid, Jiménez, Montoya, Zapata y Rivera. El aguardiente, era el único vicio, de eso daba cuenta, el aforo de las cantinas en los días domingo y festivos.
El viejo taita decía socarronamente: “de eso tan bueno, no dan tan bastante” y…vaya sí tenía razón. Por allá el año 1948 del pasado siglo, un viejecillo de apellido Álvarez, carpintero él, descargó los corotos en frente de la fábrica Andina y con ellos, sus dos hijos; sin saberlo, estaba descargando a la par, la maldición de la droga, en papeleticas mal olientes.


Banda de músicos de Copacabana

Sus retoños, empezaron a distribuir entre una juventud ignorante y tal vez ávida de aventuras, la marihuana en pequeñas dosis. Muchos cayeron en la trampa y se les veía pasar en grupos, para consumirla en la soledad del cementerio, en la oscuridad de un rincón en un callejón o en las cercanías de la plazuela de San Francisco. La “traba”, la llevaban a pasear a las cantinas y con una leve sonrisa en el rostro, disfrutaban de Daniel Santos y Celia Cruz, con el yerbero moderno, que aquellos “jibaros Álvarez”, les habían enseñado a regocijarse.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

PENSAMIENTOS CRUELES


La elegancia de Francisco Mejía Arango

Aquella paz imborrable vivida en el hogar, en que unos padres habían entregados sus vidas a brindar enseñanzas, a hacer derroche de amor, infiltrando con caricias, besos y ejemplo el líquido de la sabiduría para que se irradiara por los torrentes de la sangre hasta la conciencia; estaban sometidos a los vaivenes del deterioro de los años. En sus cabezas se notaba, al haber desaparecido el azabache de sus cabellos, para convertirse, en copos de nieve descargados implacablemente por el peso de una larga existencia. Algunas furtivas lágrimas, se escapaban en horas de soledad y ensoñación. Se amaron sin reservas, ni restricciones. Compartieron unidos alegrías, sufrimientos, el dolor del uno era compartido y el rezo unía sus almas en una piedad sin engaño ni afectación. Iban apareciendo los olvidos, la lentitud en el andar, arrugas que tasajeaban inclementes los bellos rostros y el cansancio. Era lo natural en el recorrido de la existencia.
El hijo, que aún imberbe, veía de soslayo el deterioro por miedo a mirar de frente, la realidad de la implacable corrosión de tiempo, en aquellos bellos seres que él amaba entrañablemente. Siempre había tenido la idea, que eran inmortales y que eternamente, llenarían su espacio interior y exterior, con el bálsamo consolador del amor sincero, que irradiaban sus corazones, creados para calmar las vicisitudes de la adversidad, en el trasegar de la existencia del retoño instituido con sentimiento puro, para alegrar el hogar, castillo de virtudes de épocas otoñales. Comenzó a entender que el contexto era diferente a lo que le dictaba la imaginación, que debía aceptar  lo instaurado por las leyes de la creación.


Nina Vélez Muñoz

Cada amanecer corría anhelante para constar que sus corazones palpitaran dentro de los pechos y que la voz cansada, llenara de arrullos por entre las flores del jardín, el idílico romance mullido de caricias fraternales en los deleites de un hogar construido con besos. El paso melancólico de los días, le comunicaban, que no andaba lejos, el final del contubernio glorioso de seres infinitamente amados. Callado y sin ánimos, escuchaba los disentimientos de la razón.