MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 27 de julio de 2016

ENTIERRO DEL PASADO


Rostro de la calle

No es raro oír decir: “Todo tiempo pasado fue mejor”; el dicho éste, brota constantemente en boca de ancianos, que ven con dolor, como sus costumbres, van desapareciendo, con la llegada de una época nueva, que inclemente desarraiga el prototipo del pasado, pasando por encima del comportamiento habitual. En la invasión caen exterminadas, las formas sencillas de vida, la utilización idiomática, los secretos de alcoba, respeto por la palabra de los padres, la admiración por la delicadeza de la mujer, el valor infinito de darle vida a un nuevo ser. Ver caer a pedazos la estructura familiar, núcleo único de la armonía mundial, es para decir: sí, todo tiempo pasado fue mejor. La tecnología no abre el entendimiento, lo adormece y ambos se quedan sin saber. Nadie entiende del dolor ajeno y menos hacerlo como propio. Es la época del “Yoísmo”, fuera de mí, nadie.
Nadie quiere emular al abuelo, pero en cambio sí, a los actores del celuloide o las estrellas del disco, las niñas son los juguetes en manos de madres que las quieres hacer modelos y las sobre pasen en los divorcios y en los escándalos sexuales. Nadie desea caminar por los senderos de la honestidad; la rectitud no está escrita en el nuevo modelo de vida, la psicología le dijo que son libre como el viento, hasta llegar a ser huracanes de

destrucción; los que aún vivimos para ver el lastimoso estado, exclamamos: ¡Siquiera se murieron los abuelos!
Las mujeres del pasado, no estaban engalanadas de artísticos diplomas, no eran cabeza de multinacionales y no asistían a bailes en lujosos hoteles, en que entre la cadencia se mueve la economía o desfila las ostentosas caderas al abrigo de exuberantes pechos siliconados, muestra artística, le las manos creadoras de cirujanos plásticos, que como sanguijuelas explotan la vanidad y se comen a grandes mordiscos el deteriorado capital familiar. Ellas…eran así: sencillas. Cumplían con el mandato de ser fieles, dignas y responsables, sin ningún vulgar artilugio para ser felices. Cantaban y oraban.
No se es, retrógrado, ni enfermizo dinosaurio, menos cavernícola reconcentrado, pero no se puede evitar, sentir nostalgia ver la forma irracional en que se mueren las costumbres sanas, las paz hogareña, la fidelidad, la honradez en que la palabra eran más importante que una firma o sello de notaría, que los padres estaban dedicados a sus hijos, administrándoles sorbos diariamente de nobleza, antes que desfilar como pavos reales ostentando cuerpos irreales, demostrando poder económico tan falso como la pureza de los instintos que los mueve, sólo a ser figurines viejos ante una caterva de aduladores mediocres y enfermizos.



miércoles, 20 de julio de 2016

CAMBIOS


Comiendo de mano ajena

Eso de estar cumpliendo años, tiene sus bemoles. Cuando se está joven, se es, libre pensador. Se siguen las ideas de Marx de Engels y tantos otros quienes aspiraban una sociedad sin clases; se leía con avidez escritores que reprochaban el amor de la mujer, tal es el caso de uno de los nuestros: Vargas Vila. En el despertar de esa época difícil y contradictoria de la pubertad, se cometen todos los desafueros eróticos; las leyes son un estorbo y hay que violentarla comenzando por las normas del hogar. Se ve al policía como el principal enemigo y al maestro, como la oprobiosa continuidad del “yugo” de los padres. Por instantes, se reprocha el advenimiento a la vida. Pero como todo está hecho para cambiar o mudar de aires, se traslada a la etapa en que se piensa antes de actuar, esa que nos salva del embrollo en que estábamos metidos. La madurez.
Cuando ya antes de acometer una acción, se analiza los resultados que pueda tener, es que hemos llegado a la edad de la sensatez; no se llega allí, así como así. Es después de cometer todos los errores cotidianos de la hipócrita humanidad y algunos inventados, que creemos, nos harán célebres. Muchos pasan raspando, otros, se quedan; unos logran pasar pero arrastrando con ellos partículas de los deslices y los hay con buen juicio, que son los triunfadores en la nueva etapa al tomarla con cordura, que al decir verdad, son tan pocos que se pierden entre la nube de frustrados, egoístas y criminales. En este ciclo de la vida, en que aún no se es viejo, pero también se está lejos de la juventud, es cuando florecen actividades que sobresalen, por el temor de llegar al periodo inevitable de la decrepitud, con las manos vacías, hecho, que hará de ese instante, más cruel y solitario. Encontramos la pareja cifrando en ella, el cayado en que apoyar de vicisitudes del transcurrir de los días y ser la matriz del principio de nuevas vidas. El período sigue adelante…con esa velocidad de luz. Se vislumbra con temor (inaceptable), que la vejez está tocando las puertas.
Se palpa la llegada, cuando el recuerdo del pasado se ensancha, el presente se acorta y el futuro no cuenta.
La vejez es una etapa hermosa de la vida. Durante el largo recorrido de la existencia muchos amaneceres se han visto despuntar auroras detrás del horizonte, allá en el límite visual; unos que calientan con la presencia del sol y aquellos grises y nostálgicos. Aunque la parte vital disminuye, se fortalece el corazón para darle cabida a la floración de la amistad, la reconciliación, perdón e indiferencia. Se vislumbra en la lejanía del infinito, una luz radiante que ilumina todo el ser, que al abrazarlo, se convierte en amor, alejándolo de lo material a lo espiritual en que el sexo no hace parte de la plenitud de la ternura. Al rincón longevo, entra como bálsamo la paz que reconcilia y mitiga los excesos de algún ayer borrascoso.  
No por mucho madrugar, amanece más temprano. 
  

CAMBIOS

miércoles, 13 de julio de 2016

HUBO UN TIEMPO


Centro de reunión de aves.

HUBO UN TIEMPO…

Corría el meridiano del siglo pasado, el acontecer exhalaba otro ambiente. Los hogares, seguían los ritmos de una batuta que ejecutaba los movimientos, con el saber del corazón y la responsabilidad. Existían escuelas y colegios en que se enseñaba primero la honradez, que a contar el dinero, el respeto antes del poder. Las aves trinaban sin asfixia, el verde de los campos era el color natural, la nieve era perpetua, el agua corría a raudales; los niños jugaban ingenuamente por la cornisa de la imaginación. Las reuniones familiares, eran un festín de aprendizaje en donde los lazos de amistad, se ligaban hasta el pretérito. Para aquel entonces, las fincas enchambranadas eran sagrario de la heredad, reposo del carriel, ruana, machete y dados que rodaban lanzados por las manos callosas del campesino labrador de sueños e ilusiones, hoy, convertidas en lupanares de orgías promiscuas irrespetuosas del abolengo.  
Por las calles se caminaba con la cabeza en alto, llevando siempre una sonrisa al encuentro del trabajo honesto, sin negar un saludo a quien en la travesía se cruzaba. Simple gesto de urbanidad. Los asilos, eran lugares casi ociosos, pues las familias adoraban a sus ancianos ellos, representaban la hidalguía acumulada en el venerable patriarca, de caminar lento atiborrado de historia, que al narrarlas quedaban marcadas en el alma.
La niñez, correteaba alegremente fuera de temores, sin encontrar al paso libidinoso hambriento que mancillara la castidad de los sueños y borrara por siempre, la expresión de alegría en la faz angelical. Era satisfactorio, llegar al hogar perenne en que irradiaba el amor encasillado sobre el ejemplo y ser recibido en los instantes de angustia, por unos brazos de comprensión, prestos irrestrictamente a brindar ayuda. Hermosa y despampanante la lozanía de la mujer, maquillada por el poder de la naturaleza e irreprochable el donaire con que matizaba la pulcritud de su dignidad.    

             




miércoles, 6 de julio de 2016

A MALA HORA


Florece la vida

Se ha resaltado a través del tiempo en éstos escritos, la paz conventual que se respiraba entre los pocos habitantes, del idílico lugar encasquetado en la agreste montaña, circundado por un río y atalayado por la elevada torre de la iglesia; eso era Copacabana la tricentenaria población, que el conquistador español Jorge Robledo fundó, para dejar allí, un sembrado de honestidad en sus gentes. El trabajo limpio de hombres laboriosos, mujeres igual que manojos de flores silvestres, recatadas, pulcras, esposas fieles y madres apasionadas en la crianza de sus hijos; orgullosas en su preñez. El templo, era el lugar de encuentro matizado de oraciones exhaladas entre ruanas, cachirulas, mantones y genuflexiones. Las dos escuelas para diferencia de géneros, eran los castillos que albergaban a los niños, para continuar la preliminar educación hogareña, por unos maestros íntegros, que depositaban su saber con torrentes de amor. Las clases se iniciaban con una plegaria. En aquel pedacito de cielo, se respiraba paz. Todos se saludaban, era la constante; pareciera, por la similitud de los apellidos, que fueran familiares: Cadavid, Jiménez, Montoya, Zapata y Rivera. El aguardiente, era el único vicio, de eso daba cuenta, el aforo de las cantinas en los días domingo y festivos.
El viejo taita decía socarronamente: “de eso tan bueno, no dan tan bastante” y…vaya sí tenía razón. Por allá el año 1948 del pasado siglo, un viejecillo de apellido Álvarez, carpintero él, descargó los corotos en frente de la fábrica Andina y con ellos, sus dos hijos; sin saberlo, estaba descargando a la par, la maldición de la droga, en papeleticas mal olientes.
Sus retoños, empezaron a distribuir entre una juventud ignorante y tal vez ávida de aventuras, la marihuana en pequeñas dosis. Muchos cayeron en la trampa y se les veía pasar en grupos, para consumirla en la soledad del cementerio, en la oscuridad de un rincón en un callejón o en las cercanías de la plazuela de San Francisco. La “traba”, la llevaban a pasear a las cantinas y con una leve sonrisa en el rostro, disfrutaban de Daniel Santos y Celia Cruz, con el yerbero moderno, que aquellos “jibaros Álvarez”, les habían enseñado a regocijarse.



miércoles, 29 de junio de 2016

RECUERDO GRATO


Hace 50 años

Aunque se haya recorrido mucho en el tiempo, no es sencillo depositar en el olvido, acontecimientos que no por sencillos, marcaron indeleblemente nuestra vida, por eso, no es extraño que cuando menos se piensa se nos vengan encima de la misma forma que lo hace un derrumbe, que se viene silenciosamente desde la montaña cubriendo todo a su paso. Se estaba pequeño viviendo en el marco de la plaza en donde pastoreaban animales, las palomas volaban hasta la torre de la iglesia que les servía de atalaya para mirar el sosiego del villorrio, pero al primer repique de campanas para el rosario espantadas surcaban el cielo azul, algunas regresando al lar y otras a los árboles frondosos que daban belleza, aire y salud.
El rosario y la salve en el templo de Nuestra Señora de la Asunción, estaba dispuesto para la 6 de la tarde, el sacristán un viejo gordo que arrastraba ambas piernas hacía sonar las campanas para llamar la asistencia de los habitantes. El antiguo templo se iba llenando; venían de los campos cercanos, gentes humildes, los bobos del pueblo, la aristocracia con mantillas negras las mujeres que a la vez traían reclinatorios y los varones con elegancia. Se confundía los olores de pachulí con los de la tierra, la devoción con la farsa. Lo que no se puede alejar de la mente, era el recorrido por las naves del templo del Señor Sacramentado en manos del padre Julián Sanín, acompañado por cuatro caballeros de la alta sociedad, pero lo más impresionante, eran aquellas bellas niñas vestidas de ángeles, que tiraba flores al paso de la procesión, convencidas tal vez, que pronto volarían hasta el cielo.    



miércoles, 22 de junio de 2016

IGNOMINIA


Naturaleza al rojo

Es extraño el sentimiento, al ver la forma como vamos aceptando todo aquello que se lanza como innovación usando las palabras libertad y democracia. Se teme que el vulgo, nos señale de retrógrados, reaccionarios, atrasados y obcecados. Por esa falta de personalidad y cobardía, damos aceptación a cuanta aberración se les ocurre a depravados que habitan encubierto en sociedades, cofradías, instituciones y mil más abanderados de la destrucción del universo. Ese borregaje de aceptar por temor, nos ha ido llevando a perder nuestras ideas e ideales, a ser tan blandengues, que copiamos en toda su plenitud, la actitud estúpida del avestruz. Sin darnos cuenta (que no creo), nos volvemos correligionarios de la ignominia y de estampas promiscuas que prostituyen la cordura; es un ir montado en una hoja impulsada por la corriente del agua, hasta caer en el torrente que lo hundirá para siempre.  
Ese ir “¿Para dónde va Vicente?, para dónde va la gente”, es la forma más ridícula de caminar divagando por la inmensidad del universo; es marchar a cada paso entregando la conciencia, en pequeños mendrugos hasta quedar en una masa mal oliente, rodeada de remordimientos, que se seguirán ocultando bajo el alar de una sonrisa fingida y cruel como hiena al acecho, de presas desprevenidas que recorren la pradera, recogiendo flores silvestres, para adornar el altar de sus creencias, sueños, metas, cumpliendo con las reglas de la normalidad y el decoro.