MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

TODO IBA CAMBIANDO


Alba y los cabezas rapadas

Cuando despertó, se dio cuenta que había sido una horrible pesadilla. En la alucinación, era un gorrión que abandonó el sedentarismo, para emprender largo viaje y que deseaba ser humano. Bajó de las ramas de frondoso árbol, al posarse sobre la hojarasca, fue sintiendo la mutación de la configuración de ave y del plumón de las alas salieron unos brazos y piernas que lo incitaban a caminar. Quiso trinar, pero se dio cuenta que su pico cónico desapareció para darle albergue a una boca que se entre abría queriendo musitar.
Emprendió la caminata por el sendero que lo llevaría a la ciudad. Solo había recorrido algunos pasos…de un recodo le salieron dos encapuchados que al no encontrarle dinero, lo golpearon, dejándolo como muerto; pedía ayuda y ni siquiera lo miraron. Llegó a las primeras calles, estaban inundadas de protestas; en las orillas del río, soñolientos por la droga y el alcohol, estaban remedos de seres humanos, que de vez en cuando, eran guardados, para mostrar una ciudad libre de pobreza. Pudo ver el quirófano atiborrado de bebes pariendo, recordando el coito prematuro. Los mendigos eran capitalistas de la indigencia, que en cada esquina abrían sucursales captadoras de incautos o ‘dadivosos’ recolectores de miradas de admiración. Comenzaba a pensar, que había cometido un grave error.


Casas antiguas del barrio Buenosaires Medellín

 Llegó al hogar de familia adinerada. Todo era temor. Poco confiaban de sí mismo, sabían que el dinero pervertía creando ambición; en las otras…existía desunión. Los separaba la tecnología. El comedor remanso de paz de hogares de antaño, era un frío lugar sin voz, alejado de añoranzas, cuentos e historias. Tomó nostálgico el camino de regreso, sin querer mirar atrás para no avergonzarse de la estúpida decisión de ser humano. Pretendió con todas las fuerzas lanzar un gorjeo, dándose cuenta que le era imposible. No tenía pico, en cambio sí, una boca, que alcanzó a mascullar odio sobre una incubación de hipócritas e irreales. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

AQUELLOS DICIEMBRES...


Bello arco iris

Era como si los astros supieran que había llegado el mes de las sonrisas enmarcadas en el rostro de los niños. Junto con el alba y atropelladamente (como sin permiso), por entre el majestuoso cerro guardián insigne de Copacabana, salía reluciente un sol que desplegaba sus rayos por campos revestidos de surcos, a la espera de reventar la cosecha; se desplegaba por sobre los tejados ennegrecidos de historia en un culto al pasado. Incursionaba sobre la cristalina quebrada y de aquel encuentro amoroso, en el cielo se reflejaba la policromía de un arco iris de ensueño, que las aves engalanaban de gorjeos. Había llegado diciembre.
Las sosegadas calles, se iban llenando de gente; los niños en vacaciones, jugaban desprevenidos a los trompos, bolas, ‘mataculín’ o hacían brincar la pelota de números en partidos sin límite de tiempo, mientras en las casas las mujeres, empezaban a darle vida a la navidad. La gallina tabaca, que se enculecó, pasaba a la olla, para convertirse en plato suculento; la máquina de moler no paraba de girar, destripando en su virar el maíz cocido,  para arepas, el manjar paisa de la natilla y los buñuelos. En fogón de piedra, el carbón de leña traqueaba al compás del fuego que hacía hervir la manteca de cerdo, esperando que unas manos amorosas, depositaran las viandas ancestrales de unidad hogareña.

La niña bella

Se unían las familias para por las de trocha que conducen al campo, buscar entre matorrales, artilugios que le darían vida al pesebre. Gozaban tanto los niños como los viejos. Por la  intricada maraña, se escuchaban cantos que el eco repetía distorsionándolos sin apartarse de la contagiosa alegría, de recolectores de fraternidad y paz. Bajaban de la empinada montaña con costales repletos de satisfacción, allí iban acomodados los elementos que albergarían al humilde niño en su nacimiento, que sería recibido entre villancicos, devoción y rezos por un mundo mejor.     
         

miércoles, 3 de diciembre de 2014

ESA QUEBRADA...


Puente de Imusa antiguo
No es tan fácil desatar los recuerdos. Están adheridos a la mente y mucho más al corazón. Llegan muchas veces sin pedir permiso y en el instante menos esperado. Cuando se halla completamente relajado, con la caricia de la música, van entrando al igual que aquellas visitas llegadas al hogar, a tomar chocolate acompañado de bizcochos y quesito, dejando un grato instante de regocijo y nostalgia a la partida. Cuando las memorias, se acomodan y aflora el ayer, se empieza el itinerario por la ensoñación que nos va llevando de la mano, con extrema dulzura por los senderos recorridos, en que se posó el pie de caminante anhelante, llevado por los impulsos vertiginosos de una juventud avasalladora.
A pocas cuadras del centro de Copacabana y desde la elevada cordillera en que tiene su nacimiento, se desprende entre matorrales, cañadulzales, (otrora trapiches); bordeando casitas enchambranadas y sembradíos, las cristalinas aguas de Piedras Blancas. Para aquellas calendas de la niñez y parte de la bella juventud, era un torrente que se golpeaba inclemente sobre rocas que ya en la planicie la convertíamos en espectaculares charcos, que eran el retozo de la chiquillería para desfogar esa fuerza vital acumulada en el torrente sanguíneo. Fue sin ella pretenderlo, cómplice de nuestras perezas estudiantiles.


El viejo puente de Imusa
La buscábamos para refugiarnos en sus aguas cuando no sabíamos la lección o el temor a la regla, instrumento malvado de castigo del maestro. Esas piscinas naturales, la naturaleza, las llenó de verdor. Eran bordeadas por guayabales a los que se trepaba como micos, para disfrutar de los frutos de vitalización del organismo y calmante del hambre del medio día u, otras oportunidades, amparo para la reunión de amigos para hacer mantecosas chorizadas, al amparo de la luna. ¿Cómo no recordarla? No hace mucho regresé para verla. Los guayabales, se convirtieron en casas y bajo el puente, un hilillo débil de agua pasaba, añorando su pasado arrollador. 
         


miércoles, 26 de noviembre de 2014

MARIPOSA


Mi jardín

La imaginación volaba con la misma forma oscilante del insecto lepidóptero que ama el néctar de las flores. Hacía viajes cortos o extensos llevada caprichosamente por la suave brisa y cuando la lasitud de éxodo le hacía detener, encontraba amparo en alguna piedrecilla que sobresalía de aguas cantarinas bordeadas de verde césped. Buscaba con ansiedad, amaneceres otoñales, en que ninguna nube empañara el azul del cielo, para emprender los viajes agrupados en sus fantasías. Con la fortaleza de sus imaginarias alas recorría espacios colmados de belleza, rincones apacibles predestinados para el embrujo del amor, hogares matizados de nobleza, verdes campos sembrados con manos encallecidas sobre surcos de paz; hombres y mujeres bendecidos de humildad y niños de caras alegres acariciando la edad dorada de los porqués. Cuando encontraba en el trayecto el efecto de su búsqueda, la policromía de las membranas se avivaba en el colorido, formando un arco iris de esplendor. ¡Era todo un paroxismo!   
Desgraciadamente, fueron pocos, por no decir nulos los hallazgos de la fantasía y no pudo acomodar las imágenes del pasado al convulso presente. La alegría de la partida se eclipsó con la amargura de la realidad; la magnificencia del ropaje, se iba deteriorando con el entorno y las alas, se tornaron pesadas.


La belleza

No pudo escapar a la mirada, los campos teñidos de sangre sobre los surcos otrora fértiles, ahora enmarañados y solitarios. Agitó las alas para alejarse. Ya poco respondían. Echó un atisbo sobre los hogares y solo encontraba desunión, libertinaje y materialismo. Los aletazos eran cada vez más débiles y poco quedaba de la brillantez de las extremidades. Buscó el sitio donde el amor se regodeaba, vislumbrando vacíos de sentimientos, comprensión, fidelidad y perdón. Llorando se aferró a un árbol y se dejó morir.         


miércoles, 19 de noviembre de 2014

ERA TAN BONDADOSA


Homenaje al carretillero

Sí, en aquellos tiempos, eran pocos los indigentes que pasaban de casa en casa, pidiendo limosna. Sin que con ello, quiera decir, que no existieran. Claro que los había. Pero podían contarse en los dedos de la mano. Eran conocidos por los habitantes con sus nombres y los alias; cada uno tenía diseñado el día en que comenzaba el peregrinaje con el costal al hombro, tocando la sensibilidad de los corazones. Tenían mucho de cultura, pues, daban los tres golpes en la puerta y jamás, antes de las nueve de la mañana, en que pensaban que todos estuvieran levantados, no era la intención de importunar. Una limosnita por el amor a Dios, brotaba de los labios entre un rostro famélico y unos ojos llorosos penetrantes de ansiedad que conmovían al más áspero corazón. La clemencia no se hacía esperar y cada uno iba dando de lo que tenía y no de lo que sobrara; el acto se convertía en un movimiento callado de la sensibilidad humana y calmante espiritual.
Sonaba el portón que se encontraba entreabierto y Nina el ama de casa, que conocía el débil tocado de unos artejos arrugados por el paso de los años, mostrando su mejor sonrisa, saludaba a ‘Milianita’ que sacando fuerzas de donde ya no existían, cargaba el talego algo más grande que ella. Conversaban igual que dos viejas amigas, le brindaba un humeante chocolate con algo de comer y mientras lo degustaba, le llenaba el costal con pequeñas porciones de un mercado, no sin antes agregarle que orara en sus plegarias por toda la familia para que nunca a ellos les faltara nada y que sus hijos siempre encontraran una mano caritativa en el trasegar de la vida.


Imaginación de un padre

Siempre fue así. Jamás de aquella puerta, se fue un despojado de la fortuna, sin una sonrisa o con la bolsa vacía. Ella, nació para compartir. Grande era el corazón que habitaba dentro de su ser. Sin manifestarlo, reprochaba la desigualdad de las clases sociales, quisiera ver un mundo igualitario y que en la mesa de todos se hallara el alimento ingerido de felicidad y no un mantel que sirviera de pañuelo para enjugar las lágrimas que hacen derramar el odio y el hambre. 


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Y CON TODO, TE QUIERO


Desafiando la altura

He estado siempre a tú lado. Recuerdo cuando me viste; estaba semidormido entre el calor de mi madre, algo tocó el corazón y las palabras que dijiste: me lo llevo. Me dolió mucho salir del lado de la que me dio el ser, pero pronto me enamoré de ti; vi que te entregabas a quererme sin restricciones. El rostro es el espejo del alma. En tu cama cuando estaba pequeño, nos divertíamos jugando con las almohadas. Recuerdo cuando la madre nos regañaba, porque volvíamos una porquería aquel escondite de travesuras, descanso y dormilonas. No hacías caso. Gozabas igual que yo. Sabías que éramos dos seres creados por un mismo Ser Omnipotente, con la diferencia de que mi amor es perpetuo, que no distingo entre las buenas y las malas, sí estoy en un palacio o, el más humilde hogar construido con sobras de los que otros botan; no me importa sí la comida es enlatada con etiqueta rimbombante o lo que sobre de la boca de quien me brinda albergue. No conozco el odio, aunque se me halla golpeado por un momento de desesperación, sí me llaman iré meneando la cola, muestra inequívoca de que no guardo rencor y estoy feliz de que se recapacitó de la equivocación. Nadie está libre de errores. ¿Sabes? Me entristece ver cómo arrojan a la calle a los perros que están viejos, después que entregaron su vida a cuidarlos.
La ingratitud es imperdonable.


El cansancio

Esa manifestación del hombre no la comprendo. En nosotros existen diferentes razas y en ninguna le damos cabida, porque sabemos el dolor tan inhumano que depara a quien la sufre. No nos gusta la crueldad, por eso amamos a los niños; los vemos como ángeles enfrentados al salvajismo de un mundo agreste y solitario, en que sólo importa el yo, es cuando nuestra nobleza se acrecienta, para llenarle los espacios vacíos de una casa en soledad, los rodeamos de ternura con retozos y ladridos; nuestra mejor recompensa, es borrar del rostro la tristeza y verlos sonreír.


miércoles, 5 de noviembre de 2014

ANTE LA VENTANA


Amor por la naturaleza

Transcurría el año 1958 disfrutando de una juventud relajada, sosegada y tranquila. Todo lo tenía sin excesos, con lo que bastaba para ser feliz. Gustaba del buen vestir, con ropas cómodas y deportivas, que no eran bien vistas por el vulgo retrógrado de la comarca, pues se salía de las costumbres ancestrales. Él había crecido en un hogar, donde le habían enseñado a tener personalidad; por eso, poco o nada le importaban los cuchicheos de la gente, aunque no dejaba de ser molesto, sobre todo aquel murmullo, en que se ponía en duda la hombría. De ello, queda una anécdota. Alguna señora atrevida, se lo enrostró y con suma delicadeza le respondió: en su buen gusto queda comprobarlo mi sexapilosa señora. La dama se desconcertó, tomando la actitud de perro regañado.
Era la costumbre en aquellas épocas, que el galán visitara en la casa, a la amada Dulcinea, ya fuera en taburetes en los amplios zaguanes bajo la mirada expectante de suegros o de un travieso cuñadito o parado ante la inmensa ventana largo tiempo, en que el cansancio hacía temblar las rodillas; pero, se ha dicho, que el amor puede con todo. Pasaban las semanas en las mismas posturas y cuando los padres notaban las buenas intenciones del enamorado, les permitían a la pareja una salida hasta el kiosco, único lugar en que las damas podían entrar a tomarse un refresco (lo demás eran cantinas); ya allí, el acaramelado pretendiente, pedía para ella una Coca-Cola, un aguardiente para él y unas monedas para echarle al piano. No sé hacía esperar un disco de Juan Arvizu en un bolero sentimental lleno de poesía, enrojecía la cara de la dama y un suspiro entrecortado se dejaba escuchar, manifestación inequívoca de que estaba enamorada hasta más no poder.


Cargando el peso de los años

Hacia el costado sur del parque, a cuadra y media se abrió una heladería. Allí se encontraban cada domingo un grupo de amigos a departir y entre libaciones, notaba él, que siempre en la casa del frente, se sentaba a la ventana una damita, que con disimulo, observaba el grupo; impulsado tal vez, por el licor, se le acercó, tomando la misma actitud de los enamorados. Sentía el mismo cansancio. La escena se repitió hasta que un día no volvió. Sentía que hacía mal, que no debía crear en el corazón de aquella criatura un sentimiento de amor, para después dejarla tirada a la deriva, cuando lo que pretendía era experimentar lo que sentían los galanes en aquellos devaneos a que los impulsaba el dios Cupido. El ensayo jamás se repitió, dándose cuenta que el amor puede con todo.